Editorial Circulo Rojo, 04 de octubre de 2018

Homo insolitus: El libro sin puntos del emperador de EEUU

El editor de nuestro sello Guante Blanco, Óscar Fábrega, colabora habitualmente con revistas y medios de comunicación recuperando curiosidades sobre personajes extravagantes y extraños.

Nuestro Homo insolitus de esta semana fue un señor que nació, sin duda alguna, con los dioses de su parte. Se llamaba Timothy Dexter, vivió entre 1748 y 1806, y, además de ser tremendamente afortunado, como pronto veremos, fue un personaje de lo más excéntrico. Todo un Homo insolitus que merece la pena conocer.

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Nació en el corazón de Nueva Inglaterra, en Malden (Massachusetts), en el seno de una familia humilde que no pudo costear sus estudios, dedicándose desde niño a trabajar en el campo, como sus padres, hasta que a los 16 años se inició en el noble oficio de peletero. Y no le fue mal. De hecho, un tiempo después, tras cumplir los veinte, se trasladó a Newburyport (también en Massachusetts) y montó su propio taller de cuero. Además de enamorar a una viuda rica, Elizabeth Frothingham, que se convirtió desde entonces en mecenas de sus atrevidos negocios.

 

Su primer trapicheo fue tremendo: antes del final de la Guerra de Independencia contra Inglaterra, en 1783, Dexter se hizo con enormes cantidades de la Continental currency, la moneda que el autoproclamado Congreso colonial había comenzado a emitir. Durante la contienda, la moneda se depreció de forma tremenda (tanto que se decía «no vale ni un Continental»), entre otras cosas porque los ingleses se dedicaron a falsificarla a gran escala, y a repartirla por toda Nueva Inglaterra, para aumentar aún más su depreciación. Lo curioso es que, tras el fin de la guerra, una vez que las comunicaciones comerciales con Inglaterra se restauraron, y después de que se decidiese que se podía cambiar por bonos de la Unión, el valor de la moneda subió como la espuma, permitiendo a Dexter amasar una auténtica fortuna, que rápidamente invirtió en comprar una pequeña flota de barcos con la que inició su empresa de exportación a las Indias Occidentales y Europa.

 

Esta fue la tónica habitual: pese a que sus negocios parecían condenados al fracaso, siempre acababa triunfando. En cierta ocasión, alguien le recomendó vender unas cacerolas planas con mango, empleadas para calentar las camas en Nueva Inglaterra, en las regiones tropicales de las Indias Occidentales. ¿Quién iba a comprar aquello en una zona tan cálida? Tragó con aquella mala recomendación. Pero el negocio le salió redondo porque consiguió venderlas como cucharones a los productores de melaza. Es más, en aquellas mismas tierras logró colocar varias toneladas de mantas de lana a los mercaderes locales, que no las podían vender allí, pero sí en Siberia, región con la que solían comerciar. Y mucho más: ganó dinero a espuertas vendiendo barbas de ballena para la elaboración de corsés rígidos; y triunfó exportando gatos a varias islas del Caribe, a modo de efectivos agentes raticidas.

 

Quizás su temeridad más grande fue enviar una gran partida de carbón a la principal productora de carbón de Inglaterra, Newcastle. Apuntaba a ruina, pero dio la casualidad de que sus barcos llegaron en el preciso momento en que la ciudad estaba desabastecida de carbón por una huelga de los mineros y el precio estaba por las nubes…

 

Todos aquellos éxitos comerciales le hicieron inmensamente rico. Aun así no pudo ganarse un puesto entre la alta sociedad de Nueva Inglaterra, que siempre le vio como un paría venido a más, ni vivió una vida plácida junto a su mujer y su único hijo.

 

 

Tampoco ayudó su excéntrica manera de vivir, que se manifestó en todo su esplendor en una casa gigantesca, con vistas al mar, que se compró en Newburyport, y que decoró de una forma bochornosamente «hortera»… Aparte de levantar varios minaretes, una cúpula coronada por un águila dorada y un mausoleo para sí mismo, decoró los jardines exteriores con más de cuarenta estatuas de madera que colocó sobre unas columnas y que representaban, a tamaño real, a grandes personajes como Adán y Eva, George Washington, el almirante Nelson, Luis XVI, Napoleón y, por supuesto, él mismo. De hecho, su efigie lucía una orgullosa inscripción: «Soy el primero desde el Este, el primero desde el Oeste, y el mayor filósofo en el Mundo Occidental». Con un par.

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Sus delirios megalómanos iban in crescendo. Llegó a presentar a su ama de llaves, Lucy, negra, como la hija de un príncipe africano; se autoproclamó «Sir» y reunió una extraña corte compuesta, entre otros, por las más caras meretrices de la ciudad, una astróloga que leía los posos del té (Miss Hooper), un gigante retrasado mental (en calidad de bufón) y un poetastro venido a menos que vendía morralla en el puerto.

 

Incluso llegó a difundir entre los visitantes la noticia de la muerte de su mujer, advirtiéndolos de que la señora borracha y malhumorada que iba y venía por la casa era en realidad un espíritu…

 

Pero lo mejor estaba por llegar: cuando contaba 50 abriles, escribió su autobiografía, pese a su completa falta de conocimientos gramaticales, a la que puso el fascinante título de A Pickle for the Knowing Ones or Plain Truth in a Homespun Dress («Un pepino para los que saben o La pura verdad en un vestido de andar por casa»), en la que, aparte de hablar de política, de religión y de su mujer, hablaba de sí mismo en unos términos tan delirantemente ególatras que, en cierto pasaje, llegó a proponer lo increíblemente positivo que sería su persona para un eventual cargo de emperador de Estados Unidos. Y no solo eso: aquel libro tenía 8.847 palabras y 33.864 letras, pero ni un solo signo de puntuación. Además, estaba repleto de faltas de ortografía e insertaba las mayúsculas de forma aleatoria, lo que dificultaba mucho más, si cabe, una lectura que ya costaba seguir debido a una narrativa desconcertante y deshilachada.

 

En un primer momento, Dexter regaló el libro a sus allegados, pero, siguiendo con la tónica, terminó llamando la atención de la gente y se vendió como rosquillas, tanto que se llegaron a publicar hasta ocho ediciones. No queda claro el motivo.

 

 

 

Dexter, que tenía un sentido del humor maravilloso, tuvo la brillante idea (no puede ser calificada de otra forma) de incluir en la segunda edición una página extra con doce líneas compuestas solamente por signos de puntuación, para que los lectores «salpimentasen el libro como quieran», en respuesta a las quejas de algunos sosos que no habían entendido nada (Ver imagen).

 

Tampoco entendieron su última broma: tenía curiosidad por lo que diría la gente sobre él después su muerte, así que se le ocurrió fingir su fallecimiento y preparó su propio funeral. Asistieron 3000 personas, que se fueron bastante mosqueadas tras descubrirse la farsa. Su mujer no soltó ni una lágrima. Dexter, indignado ante la poca pena que había despertado, se presentó en el acto y dejó a todos de piedra. Un cachondo.

 

Murió, de verdad, poco después, en octubre de 1806, a los 59 años. Su majestuosa mansión acabó convirtiéndose en la biblioteca municipal de Newburyport…

  

Publicado el domingo 02-07-2017 en La Voz de Almería